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Remolacha, vodka y semillas de amapola

Por Elisa Rodríguez

Para nuestra generación, Lituania es ese país báltico pegadito a Rusia, que siempre confundíamos con Estonia y Letonia a la hora de aprendernos las capitales en 1º de la ESO (¡o todavía!). Para la generación de nuestros padres, es simplemente la antigua URSS. Por eso la reiterada pregunta “¿Por qué Lituania?” apareció de primera mano por parte de mis padres, y yo por aquel entonces ni me imaginaba que sería una constante en los siguientes meses de mi vida. Es posible que esa pregunta me persiga durante mucho tiempo, porque la experiencia de Lituania marcará sin duda un antes y un después, hasta que nos acostumbremos todos a que la gente opte cada vez más por viajar, estudiar y trabajar en países aparte de Alemania, Inglaterra o Estados Unidos.

Sin duda el panorama está cambiando mucho. Bueno, como siempre ha estado cambiando, pero soy joven e ingenua, y muchos acontecimientos naturales que experimento me resultan revolucionarios. Sin embargo, no son más que eso, naturales. En mucho tiempo no se había registrado tanta emigración en España. Quizás por eso estemos descubriendo todos en masa la enorme diversidad del mundo, abriendo los ojos al fresco exterior, a la oscuridad, a los prejuicios que nos puedan agredir día tras día, al racismo, a la inmensa belleza de lo ajeno, a aquellas costumbres que jamás leímos en una guía turística porque son indescriptibles, a las infinitas posibilidades que este mundo de locura y cordura nos ofrece en cada pequeño espacio. Todo esto siempre ha existido, pero los bocados de realidad que nuestra generación da cada día no dejará indiferente a nuestra idiosincrasia, creando una marca de agua que nos distinguirá, probablemente para bien, de generaciones anteriores.

Ya conocía este sentimiento de antes, cuando volví de pasar un año de aventuras en París: al volver a casa y observar la apacible vida de los padres, enfrascados en un día a día que conocen bien y donde encuentran un equilibrio, para mí perdido –por fortuna o infortunio, pero seguro por elección propia-, entre pequeños placeres diarios, rutina rítmica, productiva y feliz mezclada con sueños factibles (proyectos bucólicos o exploradores), una se pregunta si los monstruos antropófagos de esta selva llamada civilización para ellos solo están en los noticiarios de la tele. Vuelvo a casa y todo vuelve a ser igual, como si no hubiera pasado nada. Como si aquel miedo o euforia alejada de toda comodidad no hubieran existido. Nadie sabe lo que has vivido, por más que lo cuentes. Ellos no saben que hubo gente que no se apiadó de ti, ni saben que te perdiste en un mar de dudas, de bonitos cabellos rubios, de paisajes blancos, de nuevos tejidos y colores en la fría soledad del país con la tasa de suicidio más alta del mundo.

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No lo saben, pero saben otras muchas cosas de las que yo no tengo ni idea. Hasta cierto punto (y digo hasta cierto punto), cada cual elige el monstruo al que quiere enfrentarse, pero todos tenemos que enfrentarnos a alguno. A mí me fascina mirar atrás y observar cómo los míos son tan distintos a los que yo podría haberme imaginado, y sin embargo los elegí yo. Así como los de mi futuro siguen, muy probablemente, escapando a mi imaginación.

Por eso escogí lo que yo consideraba un chicle poco mascado, un sitio diferente, un destino poco común, del cual no se conoce cliché ni estereotipo, donde yo podía llegar como un cuaderno en blanco que impregnar de olores, colores, sabores, placeres y dolores. Y para quien vaya a Lituania con la misma idea, hablaré en abstracto para no ser yo quien impregne su cuaderno, sino él mismo. Vilnius tiene mucho que escribir en tu cuaderno porque es una ciudad que enseña. Enseña los dientes y enseña a conocerse a uno mismo. Es hipócrita y sincera al mismo tiempo, mientras recupera tu lado salvaje y hace que te olvides de dar las gracias –pero con el tiempo aprendes a adivinarlas entre las palabras que no se pronuncian-. Su frío esconde tu rostro y te vuelve aún más anónimo, mientras poco a poco descubres que ya todo el mundo te conoce. Y, según una teoría engendrada tras año y medio de curiosidad, lo que puede parecer contradictorio a tus ojos es lo que equilibra el silencioso ruido de las calles de Vilnius.

Autora (texto y fotos)
Elisa Rodríguez

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