La historia de un café cortado

Por Ignacio Urquijo

El otro día me pedí un ‘cortado’. Ni siquiera me apetecía, pero me hizo ilusión encontrarlo en la pizarra de aquella cafetería holandesa y la morriña terminó decidiendo por mí.

Estaba bastante malo y además no se parecía en nada a los cortados que solía tomar en la cafetería de la facultad de periodismo. Sinceramente, antes de empezar la carrera yo era más de Colacao, pero al llegar a la universidad escuché, quién sabe dónde, que los buenos periodistas toman el café muy negro. Y yo quería ser un buen periodista, faltaría más.

Algunos de los mejores profesores que conocí durante la carrera corroboraron la teoría del café fuerte. Recuerdo perfectamente cómo Felipe Sahagún entraba siempre a clase con un vaso de plástico lleno de café solo y tengo a mano el libro del profesor y poeta Javier Mayoral -extremeño, por cierto- donde está escrito el verso “Pequeñas contradicciones y un arrepentimiento / como tomar café ya de noche porque necesito dormir enseguida”. A pesar de estos insignes ejemplos, con el paso del tiempo me di cuenta de que la cafeína no era tan imprescindible a la hora de escribir una crónica acertada y fui rebajando la cantidad diaria, por el bien de mi frecuencia cardíaca.

Pero el otro día no pude evitarlo, fue ver el participio ‘cortado’ entre tanta palabra holandesa y rendirme ante la elegancia de su sonoridad. Quizá fuera porque una de las cosas que más se echan de menos cuando se sale del sur es la comida. Y eso que Ámsterdam está plagado de bares que dicen ofrecer “tapas”. De hecho, están de moda por el centro y el norte de Europa, hasta el punto de que han adoptado el “chorizo” español como un ingrediente exótico y moderno en sus platos. ¡El chorizo es moderno!

No obstante, a pesar de la pujante y creciente oferta de comida española, no es lo mismo. Sobre todo por el precio. La tapa, en Ámsterdam, no te la sirven así porque así con la cerveza, sino que en muchas ocasiones se paga como un producto delicatessen. Andreea Mironiuc , estudiante de máster, visitó recientemente un restaurante de tapas. El establecimiento en realidad tenía nombre cubano y ofrecía un buffet libre de tapas españolas por 23 euros. La bebida no estaba incluida, pero tenían algo llamado ‘Sangría deluxe’ por 22,50 euros el litro. Al menos, parece ser, “estaba muy bueno”.

Aunque no todo van a ser quejas sobre la comida por estos lares. Lo bueno de haber nacido en esta generación y de vivir en una ciudad cosmopolita es que se ha vuelto habitual mezclar, en el transcurso de una cena con amigos, recetas de procedencia griega, turca, india o marroquí (bueno, en este caso en la cena habría muchos amigos, pero seguro que entienden el concepto). Lo que más me gusta del tiempo que nos ha tocado vivir es que las fronteras han dejado de ser impermeables -en cuanto a intercambios culturales se refiere- y ya no resulta una extravagancia comer cuscús de primero, musaca de segundo y ‘stroopwafels’ de postre (una especie de gofre holandés prensado y relleno de caramelo).

Ojalá el intercambio entre culturas continúe. Estoy convencido de que el conocimiento del prójimo enriquece al ser humano, elimina conflictos y probablemente acabe mejorando la calidad del cortado en los Países Bajos.

Texto
Ignacio Urquijo
ignaciourquijo.wordpress.com
@NachoUrquijo

Ilustración
Andreea Mironiuc
andreeamironiuc.com

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura.

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