Descubriendo Covent Garden

Por Adrián Badía

No sé mucho sobre el antiguo mercado de las flores, sobre Covent Garden. Sólo sé que un día, al poco de  llegar a la ciudad, fui con un grupo de recién conocidos a cervecear allí, y que más tarde, otra noche cualquiera de estas que luego nunca vuelves a distinguir porque se tornan todas iguales, y sólo recuerdas la noche, la noche de Londres, música y luz y pintas y chupitos, volví allí a comer unos noodles.

Eso sí lo recuerdo, y por eso he vuelto allí una y otra vez. Ese momento formará parte de los recuerdos que rescate durante segundos cuando camine por Barcelona, o Madrid, o donde quiera que acabe, cuando tenga algo de tiempo para pensar en ello. Serán esas pequeñas astillas que sobresalen en pasados que, cuando la memoria se cansa de retener, deja en forma de puntillas que unen la densa niebla que se forma en toda historia personal, esa película que creamos y volvemos real, paquete de escenas que se entrelazan con otras películas y vidas y momentos e historias, reales o no, recuperables o no, más reales y recuperables cuanto más cercanas sean y menos intermediarios haya, cuantas más bocas se unan para volver a disfrutar de ellas.

Adri Abadía

Aquella mañana Covent Garden estaba a rebosar, con sus espectáculos, cantantes, magos, vendedores, artistas, pintores, grandes grupos de extanjeros, parejas, amigos y familias paseando y comiendo y deteniéndose a ver a los cantantes y a los magos y a los artistas. Había en especial multitud de gente observando un edificio flotante, nueva atracción turística del barrio cuya foto -de pésima calidad, lo sé- muestro en este post. Curiosa, con truco fácil, pero atractiva. Es un barrio en el que siempre hay algo. Recuerdo que pasé por el Black Lion, pub que hace esquina con la cerrada -temporalmente- parada de metro, y pensé en entrar, desechando rápida la idea, tan soleado era el día. La Apple Store estaba llena, como siempre, gente manoseando el nuevo Iphone, y el viejo, y los Ipad y los ordenadores de todo tipo como si de una enorme guardería se tratara y los padres, o abuelos en este caso, los hubieran dejado allí mientras iban a tomar un café. Y es que de verdad que lo parecía, una guardería, pero quizás algo más triste que las que recuerdo, cada uno con su juguete pero en solitario, como mucho en pareja.

Adri Abadía

Allí donde los abuelos tomaban café cantaba una mujer con voz de ópera, o cantaba ópera, dentro del edificio que en el pasado era el mercado. Lo hacía abajo, en una esquina, quizás tenía estudiado el lugar para que la voz llegara lo mejor posible a todos los rincones, o quizás no y son suposiciones mías; el caso es que se oía muy bien y las barandillas de arriba estaban llenas de gente mirando hacia abajo, mirando y aplaudiendo, y una anciana recorría dichas barandillas con un sombrero para que la gente no huyera nada más terminar la función, habéis disfrutado, decían su mirada y su sonrisa, echad una moneda. Los puestos eran floridos, coquetos, llenos de pequeños recuerdos y esculturas y figuras y artilugios de todo tipo, también había un joven mago que mostraba sencillos trucos con una baraja, por diez libras seréis los protagonistas de la navidad, decía, mirad que fácil es.

Adri Badía

En uno de los laterales había un otro pequeño mercado en el que te podían esculpir al instante, y retratarte, y tatuarte. Me detuve en una tienda y recordé la película de Sherlock Holmes, la última con esos efectos y artes marciales, y la ficha de ajedrez con la que crean su historia personal Holmes y Moriarty, detective y profesor. Recordé la película porque vendían piezas sueltas por 50p, pero no compré un peón o reina -no recuerdo qué ficha exacta era- sino un caballo, siempre me gustó más, menos rectitud y alcance y más estrategia y agilidad. Para darla o jugarla algún día, como en el pasado repartí fichas de dominó, y unir una historia con otra, fortalecer el pasado y volverlo más real, si es que puede volver a ser real otra vez.

Adri Badía

Salí del lateral y caminé hasta St. Paul Church, pequeña iglesia de igual nombre que la catedral, y entré a verla, me gusta ver la arquitectura, cualquiera, la que está hecha para el cobijo del alma y la del cuerpo y hasta la del cuerpo ya sin vida, y es que todas albergan lo mismo, a nosotros.

Adri Abadía

El sol sigue alto e ilumina un pequeño parque en la parte trasera de la iglesia cuando me asomo a la puerta y dudo, dudo porque veo a gente hablando y bebiendo en la puerta, animados, y esa duda se disipa cuando un cura me sonríe y me indica que pase con la cabeza. Entro y doy una vuelta, observo, hago mío otro edificio que lleva siglos en pie, y que ha visto estas nuestras historias, unas y otras, fáciles, difíciles, solitarias y melancólicas, felices y llamativas, desgarradoras, bellas y también mezquinas, agotadoras y tediosas, temerosas y valientes, historias de todo tipo buscando eso, ser una historia. Salgo y me siento en un banco, aquí dedican los bancos, no se quién es la señora a la que está dedicado el banco en el que me siento, pero ahí está su nombre, y hace que me pregunte cuál sería su historia. Abro a Javier Marías, ‘Corazón tan blanco’, leo sus últimas páginas en aquel banco de aquel parque de aquella iglesia en pleno Covent Garden, porque así he elegido que quería terminarlo, y me encamino hacia el Apple Store,  habiendo disfrutando este barrio que recomiendo para que, quien se pase por allí, vea y escuche y huela y disfrute, y sonría y ayude a seguir creando la historia de esta zona como ella ayudará a crear su propia historia, siendo para siempre parte de la misma, que al fin y al cabo es una sola.

Autor (texto y fotos)
Adrián Badía
@AdriBadia
leondeflandes.blogspot.co.uk/

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