Quien ríe el último…

Por Laila M. Rey

El día que el jefe regresaba de un viaje de negocios el ambiente se electrizaba; como si los compañeros pudieran compartir hilos invisibles de energía. Toda la oficina se transformaba en un enorme erizo puntiagudo, listo para el próximo envite. La subdirectora, que solía acercarse cordial a las chicas para conversar,  se quedaba ese día en su despacho repasando los asuntos que luego trataría con el director. Sofía revisaba por enésima vez las reservas de Semana Santa y Hana hacía una lista de los temas que había tratado con nuestro principal cliente.

Cuando sonó el teléfono, una oleada de tranquilidad me envolvió. Nos comunicaban que el jefe y la subdirectora querían entrevistarnos a Leire y a mí. Me levanté y miré a todas mis compañeras inmersas en sus quehaceres. Leire se dirigió hacia el pasillo y yo fui detrás. Mi mente se lo pasaba en grande imaginándola con el pelo despeinado hacia atrás, caminando a trompicones, como si estuviera inmersa en la última saga de El Señor de los Anillos y nos dirigiéramos hacia Mordor.

Entramos en ese despacho donde el humo era omnipresente y nos sentamos en las sillas, tal y como fue en mi primera entrevista. La subdirectora tenía en la mano una de las cotizaciones mientras que la otra reposaba encima de la mesa, frente a él. Era como una reunión con tu tutor del colegio para hablar sobre un examen suspenso. “¿Qué se supone qué es esto? ¿Todavía no sabes cuánto cuesta el overnight del guía? ¡Sólo venís aquí para recibir vuestro puto salario y luego os ponéis la chaqueta y os largáis! Una semana más, me habéis oído, una semana más y si no aprendéis fuera!”

“Yo no necesito una semana, me voy hoy”. La frase sólo sorprendió a Leire. “¡Ahora!” me espetó y señaló la puerta. “Nora”- se dirigió a su secretaria- , “vete haciéndole la hoja de despido y…” Ya no escuché mucho más. Mis piernas habían reaccionado y de un salto me habían sacado de Mordor en dos zancadas. Suspiré de alivio. Fui a mi mesa a recoger mis cosas. “Lo siento Sofía pero me voy”.  Sofía no supo qué decir. No había nada que decir en realidad. Me despedí rápido de los compañeros y entré al despacho de la secretaria. Nunca olvidaré la conversación que escuché tras la puerta mientras firmaba mi despido.

“No tendrías que haberla echado tan rápido” decía la subdirectora. “Y qué, ¿crees que va a encontrar otra cosa ahí fuera? ¿Crees que otra agencia la va a querer? Si es una inútil”. Ahora sé con certeza que el overnight (pasar la noche) del guía cuesta 50 dólares y el del conductor 36. No lo aprendí en aquella experiencia jordana . Allí aprendí a no dejarme humillar. Allí aprendí mi propio valor.

Una semana después ya había hecho 3 entrevistas de trabajo. El Turismo me abría las puertas con un mercado latino en auge. Empecé en una agencia de viajes el 2 de abril, tan sólo una semana después de dejar el empleo anterior. Las cotizaciones no me salían tan mal porque  cinco meses después puedo hacer y enviar un tour package (paquete turístico) en hora y media, tras hacer la cotización, llamar a los hoteles preguntando disponibilidad, habiéndola revisado el director y habiendo redactado la oferta con todo lujo de detalles en inglés.

Ahora voy andando al trabajo. Se acabó el taxi y el gasto en transporte. Me pagan bastante más, por eso he conseguido ser independiente económicamente y mis padres ya no tienen que ayudarme. Tengo hora y media de descanso al mediodía, por eso puedo volver a casa y almorzar caliente. Por el camino hay una panadería y una frutería, por eso todos los días puedo comer sano. Y cuando lo pienso, me parece increíble que una vez me dejara humillar porque salí a comprar un sándwich de almuerzo.

Una semana después de empezar mi nueva vida se celebraba un encuentro de agencias de viaje en el hotel Kempinski del Mar Muerto. Me preguntaron si quería ir y no lo dudé: es uno de los mejores hoteles del país. El día señalado se me ocurrió hacerme una pregunta fundamental: ¿quién más iría allí? Le mandé un mensaje a Sofía: “Yo no voy pero sí, va nuestro Sr. director.” Por un momento pensé no ir. No quería volver a verlo. Era capaz de acercarse y echarme en cara que hubiera encontrado trabajo en una de las agencias con las que competía. Luego pensé que quién era él para impedirme disfrutar de aquello y recordé que me había llamado inútil. Había llegado el momento de demostrarle “lo inútil” que podía llegar a ser.

No podía creer que la oportunidad se presentase tan pronto. En todo momento los de mi agencia se pegaron a mí y me estuvieron enseñando las instalaciones. Les conté lo que había ocurrido tan sólo dos semanas antes. “No te preocupes, le conocemos, tiene mala fama. Tu disfruta que estás con nosotros”. Me relajé, cogí una copa de vino de la primera bandeja que se presentó delante y caminé hacia los sillones donde se sentaban el resto de agencias. Lo vi enseguida, quizá porque uno nunca deja de sentir Mordor cerca después de haber estado conviviendo con las tinieblas.

Y él también me vio, claro que me vio. Primero lo capté de reojo,  sentía cómo su mirada me abrasaba por la espalda. Podía escuchar hasta sus pensamientos. No eran bonitos. Podía percibir cómo había dejado de escuchar la conversación de los hombres que le rodeaban. Supongo que muchas cosas se le pasaron por la mente en aquel momento que me vio con una copa en la mano junto a mi nuevo jefe en el hotel más lujoso de la región hablando tranquilamente dos semanas después de llamarme inútil. En ese preciso instante levanté la mirada. Entonces hizo una mueca que se ha convertido en mítica: sonrió con sarcasmo, un gesto que recogía todos los estados de ánimo que van desde la sorpresa a la irritación. Yo me sentía tan bien que hasta le saludé con la cabeza. Luego él siguió con la conversación. La venganza es un plato que se sirve frío… y en silencio.

Para que nadie vuelva a pasar por esta experiencia, os dejo siete cosas que no debéis hacer nunca cuando busquéis trabajo en Amman:

  1. No aceptes un puesto sin permiso de trabajo.
  2. No cobres menos de 550 dinares (580 euros) al mes.
  3. No entres a trabajar a un lugar que tenga malas referencias.
  4. No vivas lejos de la empresa si no tienes coche particular.
  5. No permitas que te hagan trabajar más horas que al resto.
  6. No descartes otras posibilidades.
  7. Y sobre todo…  no te dejes humillar.

*Los nombres que aparecen en esta entrada son ficticios para proteger sus identidades.

Autora
Laila M. Rey
laverdadtrasvisible.blogspot.com
@laila_mu

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