Aterrizar en Amman no significa aterrorizarse

Por Laila M. Rey

Aterricé en Jordania el pasado 4 de julio. Acababa mi Máster en Relaciones Internacionales en Madrid y sentía que debía tomar una decisión importante y que llevaba tiempo posponiendo: volver a Oriente Medio. Elegí Jordania porque hablan un dialecto muy similar al que se habla en Siria, con el que ya estaba familiarizada. También porque Siria y Jordania comparten frontera y me parecía una buena idea seguir aprendiendo el idioma lo más cerca posible de mi familia siria.

Los medios eran limitados y no conocía a nadie, pero tenía determinación y decidí buscar por mi cuenta. Cierta persona me recomendó una página en Internet donde hoteles y granjas alrededor del mundo ofrecen comida y alojamiento a cambio de trabajar ciertas horas al día. Encontré varios hostales en el centro de la capital jordana, uno de ellos me convenció y sin pensármelo mucho compré el mismo billete de avión que un amigo palestino había adquirido un año atrás para viajar de Madrid a Amman.

Llegué en taxi a un hostal del centro de la ciudad a las 4 de la mañana. Dos trabajadores del hotel me esperaban en recepción y me ayudaron a subir las maletas. Al día siguiente, conocí a Zhou, un voluntario chino que trabajaba en el mismo hotel. En su compañía conocí “el balad” (البلد), que es el centro de Amman, también llamado Downtown. Comprende básicamente tres lugares importantes: al-Qal’a (القلعة) o la ciudadela, encaramado a una colina que aquí llaman montaña o Jebel (جبل); el teatro romano (Almudarech al romani o المدرج الروماني)  y la mezquita Hussein (الجمع حسين).

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Zhou trabajando en el hostal

Para aquellos que penséis visitar Jordania este verano, ahí va mi primer consejo: no os fiéis del mapa. Amman está enclavado entre montañas y calcular las distancias sobre planos en dos dimensiones no sólo es desaconsejable sino contraproducente. Creerás que Rainbow Street está a sólo 5 minutos andando desde la mezquita Hussein hasta que te pongas a andar y acabes con la lengua fuera subiendo una larga pendiente interminable. Recuerda que Rainbow Street está en Jebel Amman y que, como su propio nombre indica, encima de una montaña.

Con el tiempo aprenderás a tomar atajos. Si algo bonito tiene la ciudad son las escaleras escondidas que, como cascadas vistas desde arriba, pueblan cada callejón del balad y que al subirlos os llevarán a los barrios que rodean el centro histórico, donde normalmente viven los expatriados.

Dentro de los tres puntos cardinales mencionados, que forman el triángulo de las bermudas jordano (en donde te perderás los primeros días) encontrarás zonas de ocio, tiendas de regalos, heladerías, restaurantes… y un mercadillo de verduras, donde respiraréis el auténtico Amman.

Durante el primer mes también aprendí que Amman se divide en rotondas, ‘circles’ en inglés o دوار en árabe. La rotonda más cerca al balad es la primera, ‘the first circle’ o الدوارالاول . Una de las calles que comienzan en esa rotonda es la famosa Rainbow Street y la llaman así tanto jordanos como expatriados. Es una calle larga poblada de cafeterías donde los jóvenes salen a pasear, también es uno de los lugares que más recomiendan hoteles y agencias de viaje a los turistas cuando acaban de visitar el recomendado City tour por la ciudad. Allí podréis encontrar cafés con Wifi para poder conectaros al mundo virtual tras largas horas caminando.

En tres días, aquellos a los que les guste andar tendrán una noción bastante aproximada de las distancias entre los lugares más interesantes del balad. No recomiendo coger taxis. Sí recomiendo aprender nociones básicas en árabe sobre cómo encontrar un lugar o recurrir al inglés. Muchos a los que preguntéis no sabrán dónde queda tal calle, pero os sorprenderá la hospitalidad de los jordanos; siempre dispuestos a ofrecerte un té y ayudarte en momentos de desorientación. En caso de lugares muy específicos, sí os recomiendo visitar el centro de visitantes, que queda muy cerca del Teatro Romano.

Una vez ubicada me dispuse a conocer a mi nueva familia. Todos mis compañeros de trabajo eran masculinos. La gran mayoría árabes (jordanos, sirios, egipcios, sudaneses) y, aunque eso pueda parecer un impedimento, en realidad nunca tuve ningún tipo de problema, salvo una vez. Todavía hoy me alegro de haber vivido mis primeros meses en aquel hotel y rodeada de tantos árabes porque fue una sumersión lingüística de gran relevancia. En poco tiempo ya era capaz de entender dialecto como no había podido hacerlo en seis meses en Siria.

En el hotel trabajé mano a mano con mis compañeros. Aunque por ser mujer el jefe intentaba que no trabajara en cosas que requirieran gran esfuerzo físico, había días que el housekeeping no daba para más y él y unos cuántos nos repartíamos las habitaciones. Luego, por la tarde, debía atender la cafetería, ya que resultaba ventajoso que alguien explicase a los clientes en su idioma las posibles excursiones que el hotel ofrecía en privado a los castillos del desierto, al Mar Muerto, a Petra, etc.

He de decir que, como todo riesgo –y era consciente de que aquel viaje lo era- también encontré inconvenientes. El primer mes trabajé pocas horas al día, pero con el tiempo el jefe empezó a exigirnos más de ocho. Los últimos meses los pasé madrugando a las 6 de la mañana para poner el desayuno. Era la parte más dura del día. Debíamos colocar y desmontar el mismo día todos los platos con la comida, vasos, cubiertos, tenerlos relucientes antes de las 7 de la mañana, que es cuando se abría el buffet. Tener las mesas limpias, barrer el suelo, colocar cojines. Quizá lo que peor llevaba era transportar las bandejas cargadas desde la cafetería a la cocina, porque mi espalda empezó a quejarse; aunque por otro lado ejercité mucho los músculos de los brazos (a todo hay que sacarle algo positivo, como todo expatriado sabe).

A las 10 de la mañana terminaba el primer turno, aunque solía quedarme hasta las 11, cuando venían a remplazarme. El segundo turno era de 6 a 9, durante el cual conocí a muchos turistas de todo el mundo, bailé dabke –baile tradicional jordano- con mis compañeros, aprendí a cocinar Mansaf –el plato típico jordano- y conversé con mis compañeros sobre temas tan amplios como el drama sirio, las mujeres, el Islam. Fue como tomar el pulso a una generación de árabes exiliados y ser partícipe de primera mano de sus preocupaciones, sus miedos y sueños.

Tuve varios encontronazos con el jefe que no merecen ser recordados con resentimiento sino como anecdóticos, pero  lo que más me hizo sufrir estaba por llegar y tenía nombre y rostro. Se llamaba Michael, era medio jordano medio estadounidense y entró para trabajar como otros muchos hacían. Se quedó en el hotel durante dos semanas.

No hablaría de la forma sutil con la que intentaba engatusarme si no fuera por las consecuencias que conllevó mi negativa, como cuando intentaba regalarme cosas a cambio de un abrazo –esto está mal visto en el círculo social conservador en el que yo me veía obligada a desenvolverme-. Cuando se dio cuenta de que no iba a conseguir nada, me declaró la guerra. Consiguió que, de la noche a la mañana, el jefe le entregara toda su confianza y se hizo el dueño y señor de la cafetería. Los malos tratos, en la forma de hablar y dirigirse a mí y a todos, eran constantes. Tan obvios que los propios clientes se indignaban, pero como el jefe estaba cegado por lo meticuloso que era su nuevo pupilo –cada día le entregaba un Dailyreport sobre lo que habíamos hecho cada uno, sobre todo hablando de lo malo- nadie se atrevía a decirle nada.

Al final la tensión se hizo insostenible y se desbordó. Uno de mis compañeros, al que acusaba de ser un ladrón, se descontroló y lo amenazó verbal y físicamente. Cuando pudimos contenerle y llevarle fuera, Michael intentó llamar a la policía y cuando se lo intenté impedir, me dio un codazo sin querer. A pesar de todo, el jefe no albergaba aún ningún tipo de duda sobre su profesionalidad y lo mantuvo en el puesto. Fue al mediodía, cuando por un malentendido del que me acusaba deliberadamente, actuó de forma maleducada frente a unos clientes; es entonces cuando firmó su sentencia final. A pesar de que intentaron hacerle entrar en razón, terminaron por poner al jefe al corriente. Si no llega a ser por una de ellas, que se acercó a decirme que no tenía por qué aguantar aquello, es posible que aún siguiera allí. Michael estaba de patitas en la puerta media hora después.

Termino con una reflexión. Uno de los grandes problemas de un expatriado es la inseguridad. Sentir inseguridad en un sitio nuevo es algo muy normal, algo lógico teniendo en cuenta que llegas a un lugar diferente, donde se habla un idioma que no conoces y te encuentras con personas a las que tienes que dar cierta confianza para sociabilizar. Hay que estar muy seguro de uno mismo -y lejos del hogar es difícil- para que algo injusto que te ocurra no te desmotive. Hay que tener mucho cuidado en quién confías y ser precavido, sobre todo al principio, hasta que el tiempo te otorga la capacidad de discernir qué personas pueden ser un problema en tu vida y cuáles pueden facilitarte el camino.

El miedo es, desde mi punto de vista, uno de los peores enemigos para un expatriado. El miedo a la vergüenza te perjudica al aprender un idioma, el miedo a la soledad te bloquea, el miedo a lo desconocido te hace inseguro y la inseguridad puede ser aprovechada por otra persona que no tenga ningún reparo en utilizarte. Por eso, vencer los miedos es fundamental para el bienestar de uno mismo. Esas fronteras mentales que construimos pueden ser superadas en segundos, tan sólo hay que ir a la raíz de aquello que nos aterroriza y liberarlo, afrontarlo sin subterfugios. No hay mejor manera para afrontar una nueva vida que hacerlo sin miedo.

La autora, mimetizándose con la sociedad jordana.
La autora, mimetizándose en Jordania.

Autora
Laila M. Rey
laverdadtrasvisible.blogspot.com
@laila_mu

Foto de portada (publicada bajo licencia Creative Commons) : el aeropuerto de Amán, Queen Alia International.

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