Declaración de intenciones

Por Laila M. Rey

¡Hola! Mi nombre es Laila y soy una española expatriada en Jordania, un país de Oriente Próximo muy conocido entre los españoles. El reino Hachemita, para los más pipiolos en la materia, limita al norte con la castigada Siria, al este con Irak, al sur con Arabia Saudí y al este con la tierra de Palestina, actual Estado de Israel.

Los visitantes que recién regresan de estas tierras os hablarán, aún extasiados, de las maravillas de Petra y del Tesoro que se esconde tras el Siq; o del desierto de Wadi Rum, del que Lawrence de Arabia se enamoró mientras luchaba junto a los árabes para detener al Imperio Otomano en su avance hacia el golfo pérsico y en donde se grabaron las hermosas imágenes de su famosa película; o del Mar Muerto, el punto más bajo de la tierra, donde el agua tiene tanta salinidad que los cuerpos flotan.

Todas esas imágenes del imaginario colectivo, entre camellos y beduinos vestidos con la tradicional kufiyya roja, acuden como ráfagas de luz cuando alguien oye hablar de Jordania. Pero, ¿es eso todo lo que hay en Jordania? Para contestar a esa pregunta, hice las maletas y cogí un avión. No quería que nadie me lo contara. Soy una periodista curiosa que ha decidido armarse de valor y afrontar el sueño de su vida: escribir desde Oriente Medio.

Para llegar hasta aquí he tenido que renunciar a muchas cosas. Primero lo intenté en Siria: mi Plan A. Invertimos en una casa, me trasladé a vivir allí en septiembre del 2010, tras licenciarme. Durante seis meses conviví con mi familia siria –mi padre es de la ciudad de Homs- hasta tal punto que, cuando empezaron los disparos –con el comienzo de las protestas-, tuvieron que recordarme que era española y que tenía que irme del país por mi seguridad. Apenas pude contar lo que estaba viviendo por miedo a las repercusiones que podría tener sobre la familia que dejaba atrás, desprotegida. Desde entonces he perdido a tres primos.

Tuve que empezar de cero mi plan B. En julio del año 2013, dejé mi cómoda vida en Madrid –tras finalizar dos masters- y aterricé en un hotel de la capital jordana no precisamente para unas vacaciones: limpié habitaciones, trabajé de camarera, aguanté los gritos de un jefe que trataba a sus empleados como animales y sentí la primera patada en mi precioso y respetable culo. Tras trabajar cinco meses casi sin descanso en aquel hotel del centro de Amman, una noche me echaron por defender al voluntario nuevo. Me hicieron un gran favor porque a los tres días encontré mi actual trabajo en la agencia y además, me llevé conmigo un porrón de amistades nuevas.

Acabé en el piso de una amiga samaritana que me acogió en su casa hasta que nos pudimos mover a algo más grande, nuestra actual casa desde donde ahora escribo estas líneas. Estos seis meses de silencio han sido necesarios para afrontar todos los retos que se presentaban, para asentarme y pensar en el paso siguiente. Y el paso siguiente era éste, empezar a escribir sobre cómo es la vida en Amán para un expatriado, y de paso, sacar de la oscuridad mediática otras historias de interés humano de primerísimo orden.

Escribir sobre esta realidad –la otra, la que no sale en revistas de viajes-  se ha convertido en un compromiso ineludible. En primer lugar, porque he invertido mi tiempo y esfuerzo en aprender un oficio -el periodismo- y una lengua -el árabe- durante los últimos años y ha llegado el momento de demostrar que ha valido la pena renunciar a cosas importantes para llegar hasta aquí. En segundo lugar, porque mi ascendencia siria me compromete a estar a la altura de unos valores por los que personas que quería dieron su vida desde que empezara la revuelta contra Asad. Y en tercer lugar, porque tengo la convicción de que nada en esta vida injusta cambiará hasta que cada uno de nosotros comience a sacrificarse por aquellos que sufren.

Me aferro a estas palabras porque, de no seguir escribiendo en este espacio que me ha cedido mi amigo Nacho, es posible que renuncie definitivamente a mi sueño y vuelva derrotada a Madrid. El periodismo en estos tiempos difíciles no sólo sigue siendo transcendental, sino que además es imprescindible para reconocer las raíces del problema que lleva a la humanidad, desde hace varias décadas, a su inexorable degradación. También es fundamental para tender puentes entre culturas, lenguas y formas diferentes de mirar el mundo, porque sólo juntos podremos cambiarlo. El periodismo, en su versión más noble, humilde y rigurosa, hace que abramos los ojos al espanto, que lo reconozcamos y lo rechacemos, nos obliga a no mirar hacia otro lado.

El periodismo comprometido también es amargura, asumir la vida tal como es, mirar de frente la realidad con su crudeza y sus calamidades, soportar el peso del mundo que otros ya no pueden aguantar. Hay historias humanas que más que llenarte de emoción te vacían al contarlas, te dejan con el alma agujereada. Son las botellas que se tiran al mar con la esperanza de que el mensaje llegue a quien sepa aprovecharse de él, temiendo que el resto pase la mirada sólo por encima en el oleaje informativo diario.

Tengo que dedicarme a esto porque, al fin y al cabo, unos cuantos colegas periodistas siguen secuestrados en Siria por querer contar al mundo las miserias de una guerra que empezó un dictador contra su pueblo y que ha acabado por atraer a los extremistas que nos han tapado los ojos para que no sepamos. Sin los periodistas, sin el periodismo, nos quedamos ciegos.

Termino mi declaración de intenciones con los temas que aquí trataré: hablaré de la vida de un expatriado en Amman sin dejar de lado los atractivos turísticos de este hermoso país, la dificultad para informar de una novata en el mundo del periodismo, mis logros y fracasos en los proyectos que intentaré moldear a lo largo de los próximos meses y daré rienda suelta a mi creatividad.

Ya iba siendo hora.

Autora
Laila M. Rey
 laverdadtrasvisible.blogspot.com
@laila_mu

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